Plaga

Plaga
Traje de médico en el Lazaret de Marsella, 1720

El cielo nunca cambiaba sus tonos rojos, no se sabía si era día o de noche. Abajo, en el barro negro, nuestras manos emergían, suplicaban limosnas. ¿Un poco de pan?, ¿un poco de agua? O nos conformábamos con que alguien tomara nuestras palmas por un momento. Queríamos volver a sentir el tacto humano. Éramos miles los desterrados bajo el lodo.

De ese cielo escarlata, los cuerpos con los brazos extendidos en forma de cruz no dejaban de caer. Eran bombas lanzadas por aviones de guerra que explotaban al tocar el suelo. Nuestras manos eran desgarradas con cada estallido, sus restos se diseminaron por los aires. Pero eso era lo de menos. Estábamos acostumbrados al dolor. La sangre de todos nosotros irrigaba la tierra. Por eso nuestras extremidades florecían una y otra vez. No sabemos cuánto tiempo nos tomará volver a juntar nuestros restos. Eso ocurrirá, y finalmente este lugar volverá a ser nuestro.